Monday, October 01, 2007

Bucho

En algún momento de la tarde llegué a ese lugar y pregunté: ¿A Bucho ya lo pasaron?

Yo esperaba las malas caras normales de todo lugar donde hay una recepción y para pasar a donde realmente es interesante hay una puerta que dice: “Si no es empleado no pase”. Pero me equivoqué. Me dijeron: “Si. Pase”. En el camino me conseguí con el médico y me dice: “La segunda puerta a la izquierda”.

Cuando entré Bucho estaba acostado en la mesita y mi amiga tenía la cara roja como un tomate y las lágrimas le corrían como un río. Le pregunté: “¿Lo van a dormir?” y me dijo: “Si, pero yo no me voy a quedar”.

Bucho era un perro medio Cocker que tenía 14 años y que ha sido el hijo de ella durante todo este tiempo. Ella ha cargado con su muchacho pa’rriba y pa’bajo. De casa en casa. De ciudad en ciudad. Pero Bucho tenía un tiempo con ciertos achaques: dolor de espalda para lo que tomaba una pastilla diaria y que con el tiempo le fue causando otros problemas y una afección cardíaca que creo yo fue lo que finalmente lo dañó más.

Yo me quedé con Bucho y me extrañaron varias cosas: no estaba jadeando como por lo general hacen los perros cuando lo llevas al veterinario (esos bichos saben a dónde van desde que ven la clínica y no les gusta para nada cuando ven al médico), también tenía una cara como que nada estaba pasando lo que te hace dudar si realmente debes dormir a un perro y finalmente me extrañó verlo tan pero tan bien que mi amiga había podido tomar esa decisión.

Pero en esos momentos uno se calla la boca y lo que hace es dar apoyo.

A Bucho ya le habían tomado una vía pero no le gustó cuando el veterinario se acercó con una inyectadora inmensa para colocársela en la vía. Yo lo tranquilicé pero yo no aguantaba las lágrimas. Qué vaina era ver cómo entraba el líquido y qué vaina era sentir que no quedaba otra. Qué vaina era sentir que le estaba pasando la mano por la cabeza sólo para que no se intranquilizara mientras el veterinario le inyectaba lo que iba a acabar con su vida. Qué vaina fue verlo mover los ojos y qué vaina fue preguntar: “¿Ya?".

Fueron momentos larguísimos. Fueron minutos eternos.

Mientras Bucho se dormía me pasaron millones de pensamientos por la mente. Desde lo que me tocaría a mí cuando a uno de los míos le llegue el momento hasta lo que le viene a mi amiga cuando dentro de tres semanas llegue a su casa y no hay quién la reciba.

Yo de vez en cuando mando a “temperar” a los míos a alguna parte. Porque los perros joden como ellos solos. Los míos tienen que bajar para hacer sus cosas y cuando me muero de la gripe o cuando sencillamente tengo pereza no hay quién les haga entender que a mí no me provoca. Ahora que caen esos palos de agua tan arrechos (y justo a la hora de su paseo) llegan con todo el cuerpo mojado de esa mezcla líquida que queda en las calles luego que llueve. Entonces hay que darles de comer y secarlos y al día siguiente hay que calarse el polvillo en el piso que ellos han desprendido luego de secarse completamente.

Y cuando ellos no están queda esa sensación de que algo falta. Hasta que llegan y comienza la joda de nuevo.

Toda esta semana han comido cada uno, además de su comida de perros, media lata de sardinas. Toda esta semana me he quejado del olor de sus regalos. Hoy igualmente el olor es para salir corriendo. Hoy sin embargo me los calo sin chistar. Hoy estamos de luto.

2 comentarios:

Aran said...

viví esa misma experiencia y es terrible. Lo peor cuando, aún sabiendo que el perro está muy mal, llevarlo al veterinario sabiendo que lo van a matar y ser cómplice subiendolo a la mesa y acariciandolo mientras le ponen la maldita inyección. Uf! Estuve llorando una semana entera!

Jacqueline said...

Coño Luis, este post es para pegarme un tiro de la tristeza.

Cónchale.